63.- Memorias de Don Jubilón

Domingo, 13 Septiembre 2015 18:30 Publicado en Escribe Don Jubilon Visto 14998 veces
63.-  Memorias de Don Jubilón elgong

El hecho que la reconciliación sea inherente a la comprensión,  ha dado lugar al equívoco de "todo comprendido, todo perdonado"; pero el perdón  -ciertamente una de las más grandes capacidades humanas -  en la medida que intenta lo aparentemente imposible que es deshacer  lo que ha sido hecho - , puede dar  inicio a un nuevo comienzo,  allí donde todo parecía haber concluido.      Hannah Arendt  (“Comprensión y Política” 1954).

Parte IV :    15 años en Santiago

22.- Turismo por fe.

Cuando   me ocurren tantas  cosas buenas,  a Chile no le va muy bien y el ambiente político se recalienta por  todos  lados. Mi  nueva condición de ser militar medio día y en la tarde  atender en una clínica del centro de Santiago,  viviendo además  en ese otro país que era Las Condes, con su recién inaugurada  Avda. Kennedy. En paralelo  otro golpe de suerte me permite arrendar un espacio idílico en una rica parcela de agrado.  Nuestros vecinos estaban felices  y nos  compartían sus amigos y sus entretenciones, una de las cuales eran las carreras de autos en Las Vizcachas. Uno de esos amigos- contactos fue  ese Coronel Agregado Aéreo de la Embajada de Brasil,   que  nos consiguió cupos para viajar con mi esposa en el avión correo  a  Río de Janeiro, con escala en Buenos Aires.  Era como una  verdadera  Luna de Miel, pendiente pues nos casamos tres años atrás en tiempo de “vacas flacas”.  Incluso el Coronel nos metió en la cabeza la posibilidad  de radicarnos en Brasil, siendo profesionales  destacados. Para el efecto, nos dio  una carta de presentación  para el rector de una Universidad Privada en Río. En fin, una verdadera ola nos empujaba para compartir con el sector  ABC1, como se llamaría muchos años después.  Y a ratos nos sentíamos como bichos  en corral ajeno.

Contactos insospechados 

Para mi esposa fue el primer vuelo de su vida  y el avión militar era un cuadrimotor  DC6, igual que ese de la Fach, en que  me invito un Coronel odontológicamente agradecido,  para conocer Punta Arenas. Y se dieron otros insospechados “pitutos”. En Buenos Aires alojaríamos donde un matrimonio que conocimos recién en nuestro vecindario. Nos recibieron como reyes e  invitaron a cenar antes de ir  al cine a ver “El Padrino”, que estaba llegando a la Argentina. Todo salió perfecto  y al día siguiente temprano continuamos viaje a Río. Brasil estaba bullente y se nos hacían pocos los ojos absorbiendo todo tipo de novedades. En el avión iban también  unos jóvenes parientes de un General de la Fach y como nos hicimos amigos durante el vuelo, nos llevaron desde el aeropuerto al Club Militar  ubicado en Ipanema,  suponiendo que siendo yo también Oficial de la Fach, podríamos alojarnos  ahí como ellos. En realidad me pareció una locura  hacerlo; pero no hubo ningún problema y al poco rato estábamos alojados en una primorosa habitación con vista al Mar. Luego gozaríamos de un excelente rancho y todo a un precio baratísimo.  Duramos dos días en este soñado régimen, y justo cuando debíamos seguir viaje, nos avisaron  con respeto que no podíamos seguir ahí sin una invitación de la Cancillería. ¡Oh dulce juventud! Incluso logramos ir a la Universidad  recomendada por el Coronel y hablamos con el rector. Y bastó un minuto y medio, para abandonar la idea de vivir en Brasil.

En Bus a Sao Paulo

El viaje duraba toda la noche y en alguna parada me maravillé del increíble movimiento nocturno de buses y camiones. Brasil entero se movía con ritmo de zamba, mientras en Chile  todo se estaba más bien paralizando. Un ortodoncista  amigo del Dr. Pequeño nos invitó a cenar con su esposa y  brindaron también un fino alojamiento. Vivían como Reyes. El Dr. además tocaba violoncello  con un grupo de aficionados. Algo así me gustaría en el y pensé en mi violín tanto tiempo ya guardado.Fueron muy gentiles para mostrarnos un poco  de esa gigantesca  ciudad brasileña.   Y nos dejaron  en la estación ferroviaria donde debíamos tomar el tren para  viajar unos 100 kilómetros hasta el pueblito de Cayeira, donde estaba una gigantesca papelera donde trabajaba el hermano de mi compadre Sami. Lo malo fue que viajamos muy tarde y se oscureció mucho antes que llegara el momento de bajar. El tren, ocupado a esa hora por gente más bien modesta  y muy cansada, se fue quedando vacío  y aunque  cuando ambos estábamos  absolutamente asustados,  por fin llegó la hora de  arribar a nuestra estación.

Medianoche  en la nada misma

Cuando el tren siguió su camino quedamos abandonados en la oscuridad.    Entonces mi esposa se quebró y me pasó la cuenta completa: que cómo se me ocurría embarcarla en un tremendo viaje, totalmente improvisado y donde las cosas se iban encajando siempre con una carga de suspenso  y siempre  la amenaza de posible fracaso final en cada una de las etapas.  Me sentí además de asustado, podrido de no tener un mísero argumento más apropiado que decir , con cero convicción: Tengamos fe. Un par de pasajeros que también llegaban hasta allí,  nos aconsejaron ir a la estación que estaba unos cien metros  y conseguir teléfono.  Allí también apagando sus luces, pues era el último tren del día. Tan afligidos nos vio el encargado, que tuvo la tremenda amabilidad de llamar al  contacto que teníamos. Después de varios intentos, logró el objetivo y nos informó que venían a buscarnos. Y nos entró el alma al cuerpo. Luego vendrían un fin de semana sin otro programa que pasarlo comiendo  de un cuanto hay.  En los próximos dos días nos recuperamos física y anímicamente, para desandar los caminos y cielos recorridos, para volver a nuestro aporreado país.

Regreso tenso 

Teníamos que planificar muy cuidadosamente el regreso, pues no andábamos con mucho dinero y ya no tendríamos las alojadas gratis ni en Río ni en Buenos Aires. Ahora bien noticiados tomamos el tren  a Sao Paulo ,directo al rodoviario,  para tomar el bus  nocturno que nos haría amanecer en Río. Frente a cualquier contrariedad, llegamos   el día antes de nuestro vuelo a Buenos Aires en el avión correo. Alojamos en un hotelito, donde entendí por qué los brasileños son tan buenos para el fútbol. En el barrio Botafogo, juegan día y noche en canchas de arena, desarrollando la fuerza y la habilidad para ganar campeonatos mundiales.  No recuerdo bien donde alojamos en Buenos Aires, pero nos desvelamos esa noche  rogando al Altísimo que pudiéramos terminar de una vez por todas  ese carnavalesco  viaje a Brasil,  que sólo se justificaba  porque éramos jóvenes y teníamos una inconmensurable  fe.

Aterrizaje sin gloria

 Al iniciar el regreso,  por la puerta entreabierta de la cabina de los pilotos que estaban ya haciendo los chequeos, observé que el joven  Comandante del avión  se parecía a Pelé.  En mi viaje a Punta Arenas había aprendido sobre el proceso de aproximación por instrumentos   y  explique a mi esposa el por qué de las vueltas a ciegas para llegar al cabezal de la  pista. La primera aproximación falló y el piloto aserruchó de nuevo para tomar altura y repetir la maniobra. La repitió tres veces y sólo la cuarta fue la vencida que terminó en aterrizaje total. Yo hacía rato que le estaba pidiendo al Altísimo, que tomara los controles, pues de otra manera nos íbamos a matar  sin pena ni gloria, luego de este raid turístico que habría sido imposible hacer sin fe.

Próximo capítulo; Una buena y una mala

 

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